2. Los secretos de mamá (primera parte)

2. Los secretos de mamá (primera parte)

–Habrá sido el abuelo, o seguramente mamá queriendo gastarnos una broma.

–¿Le preguntamos a mamá? O mejor aún, vamos a llamar por teléfono a los abuelos, seguro que nos cogen el teléfono y les pillamos –dice Acher, triunfal al haber tenido una gran idea.

–Me parece buena idea.

Cojo el móvil y busco el número de casa de los abuelos, pero nadie coge el teléfono.

–Quizá estén de paseo… -dice Acher –. Prueba con el móvil.

Vuelvo a probar con el móvil, pero tampoco cogen el teléfono. Me empiezo a preocupar.

–Creo que debemos contarle esto a mamá, no creo que al ver nuestra preocupación siga con su broma. Los abuelos siempre cogen el teléfono.

–Sí.- Acher está preocupado.

Vamos a buscar a mamá, que se encuentra  tranquilamente leyendo un libro en el salón, al lado de la ventana.

–Mamá, ¿sabes algo de los abuelos? Hemos encontrado una carta muy extraña -le digo a mi madre, intentando analizar su reacción.

–¿Cómo? ¿Una carta antigua? –Su madre, levanta la vista del libro.

–No exactamente.

-Mira –Acher le entrega la carta a su madre para que pueda leerla-. Además, les hemos llamado y no responden al teléfono.

Ella lee la carta en silencio, seria, sin realizar ninguna pregunta.

–Tantos años pensando que me estaba volviendo loca… y la magia existe –dice mamá. Eso me deja de piedra.

–¿De qué hablas mamá? –le pregunto.

–Venid, os tengo que contar algo.

Y mamá nos cuenta su historia.

-Cuando era pequeña, siempre me llamó la atención todo lo relacionado con la magia. Como ya sabéis yo vivía en el pueblo, y me gustaba salir junto con el perro que teníamos en aquél entonces a explorar nuevos mundos, meterme en el río y subir a los árboles, a veces también me acompañaba vuestra tía Patricia. Me gustaba ver las estrellas y disfrutaba soñando despierta. Nunca tuve muchos amigos, pero tampoco sentí que estuviera sola, me gustaba leer y pintar, con eso me valía. Un día de esos en los que me adentraba en el bosque, me encontré con un extraño ser alado. Yo tendría aproximadamente unos ocho años. Lo estuve persiguiendo entre los árboles hasta que desapareció. De repente no supe dónde me encontraba, pero nuestro perro, Chocolate, que venía conmigo, me guió de nuevo hasta casa. Siempre he pensado que quizá fuese un sueño, que aquello no podía ser real. Luego comencé a comprarme libros que hablaban sobre hadas, brujas y todo lo relacionado con el folklore y la magia de los Pirineos y el norte del país. También me he sentido observada cada vez que he ido al bosque, pero siempre lo he atribuido a mi enorme imaginación.

Nosotros la escuchamos con atención, con la boca abierta. Ella sigue.

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